La casa está en penumbra. Isabella no ha querido abrir las cortinas desde que Emma desapareció.
Cada rincón parece más frío, más ajeno. Sus manos tiemblan al tocar la pequeña almohada con orejas de conejo que su hija llevaba consigo a todos lados. Se la encontró abrazada a una esquina de la cama, como si Emma hubiese intentado resistirse. Como si hubiese dejado una parte de su alma allí.
—Mi niña... —susurra Isabella, y su voz se quiebra. Aprieta la almohada contra su pecho, respirando su arom