Camille entra a la mansión de los Leclerc como si el suelo le perteneciera, como si el peso de su pasado no fuera más que un abrigo mojado que está a punto de quitarse.
El mármol del vestíbulo brilla bajo sus tacones, y sus pasos resuenan como martillazos.
No ha dormido. No ha comido. La verdad que le reveló Javier Calderón la ha sacudido por dentro como un huracán inesperado.
La rabia, la confusión y el dolor la envuelven como una segunda piel.
Su madre está en el salón, tomando té como si