Isabella lo siente.
Desde el primer instante en que Alexander cruza la puerta de su apartamento, sabe que algo cambió.
No es algo que diga. No hay un gesto brusco, ni una palabra hiriente.
Es la forma en que evita su mirada.
La rigidez en sus hombros cuando ella se acerca.
La forma en que sonríe... pero no llega a sus ojos.
El dolor la golpea con la fuerza de una ola helada.
Su instinto le grita que algo anda mal, pero no sabe qué.
Acaricia la cabeza de Gael mientras él juega en el suelo con su