La primera vez que Henry sintió que no encajaba fue a los cinco años. Lo recuerda como si hubiese sido ayer: el cumpleaños de Alexander.
Había globos por todas partes, un pastel enorme decorado con el escudo de su equipo de fútbol favorito y una fila interminable de regalos que apenas cabían en el salón.
Su padre, imponente como siempre, sostenía a Alexander en brazos, orgulloso, mientras los invitados le cantaban "feliz cumpleaños".
Henry estaba allí, en una esquina, con una gorra de papel