El sol se hunde despacio en el horizonte, tiñendo el cielo de tonos dorados y naranjas que parecen robados de un sueño.
Alexander, de pie en la terraza de la pequeña casa frente a la playa, observa cómo Isabella y los niños construyen un castillo de arena cerca de la orilla. El sonido de sus risas viaja hasta él, cálido y contagioso, llenándole el pecho de una determinación nueva.
Esta vez no piensa fallar. No la perderá de nuevo.
—¿Listos? —pregunta en voz baja, girándose hacia los pequeños q