La ciudad los recibe con un cielo gris y una brisa que huele a cambio. El viaje de regreso ha sido silencioso, no por incomodidad, sino por la calma tensa que antecede a lo inevitable.
Isabella observa a través de la ventanilla del coche, el corazón latiendo con más fuerza de la que quisiera admitir.
Alexander, a su lado, mantiene la mirada fija en la carretera, con una mano sobre la suya. Es un gesto sencillo, pero le transmite fuerza.
Ya en el apartamento, todo parece demasiado normal. Los