Esa mañana Isabella y Alexander tenían que llevar a los trillizos a una excursión que hacían en la ciudad para niños de su edad, así que estaban todos frente al autobús que los llevarían.
Solo podían asistir los niños. Isabella y Alexander tendrían que quedarse hasta que los trillizos llegaran en la tarde.
Ella nunca había dejado a sus hijos con desconocidos y estaba aterrada, pero sabía que a los pequeños les hacía ilusión, así que lo permitió.
—No te preocupes, mami, ya nosotros somos grandes