—Puedes tenerme —dijo la mujer, atreviéndose a alzar la mano y a acariciar aquel rostro masculino que parecía tan perdido en sus propios males.
Él negó con la cabeza.
—Es tarde.
—No, no lo es.
—Voy a casarme —agregó entonces y el silencio se cernió sobre ellos como un peso demasiado grande.
—No —susurró Jade, demasiado consciente de lo que esas palabras significaban. Iba a perderlo para siempre—. No puedes casarte —ordenó tajantemente, como si estuviera en la obligación absoluta de obedecerle.