—Mamá, hablé con Adriel. Le dije la verdad.
Inmediatamente, los ojos de Natalia destilaron sorpresa y consternación.
—¿La verdad? —repitió, como si necesitara decirlo en voz alta para poder asimilarlo—. ¿Le dijiste que es el padre de los niños?
—Sí.
—Pero, Jade…
—Es lo mejor, mamá.
—¿Estás segura de qué es lo mejor? —preguntó, mostrándose insatisfecha con su decisión.
—Ya no hay marcha atrás —y esa era la realidad.
Natalia suspiró y apartó la mirada de su hija, sintiéndose repentina