Jade se sorprendió de la manera en la que aquello se había vuelto algo rutinario.
Lo cierto era que, durante esos últimos tres meses, cada mañana recibía un paquete nuevo.
A veces eran pequeños, envueltos con papel de seda en tonos suaves, y, en otras oportunidades, eran cajas más grandes, con contenido que variaba entre juguetes cuidadosamente seleccionados a ropa de tejidos finos o accesorios pensados para facilitarle la vida como madre de tres niños.
Adriel nunca llegaba con las manos vací