El autocontrol y la cordura de Adriel acababan de salir disparadas por la ventana de la habitación en el mismo instante en que Jade Arison había decidido dar pie a aquel movimiento atrevido y osado.
Los ojos del hombre no podían despegarse de la deliciosa visión frente a él. Los senos de su esposa eran una obra de arte, tenían la redondez exacta, con una apariencia llena y voluminosa.
—¿Quieres tocarlos? —preguntó en otro gesto cargado de atrevimiento.
Adriel se descubrió a sí mismo asintiendo y