Cuando Diana Arison le dijo que necesitaba que la acompañara a un lugar, no imaginó que sería este tipo de sitio.
Natalia observó con aprensión las paredes de un reluciente blanco.
En el centro de la habitación se encontraba una camilla donde Diana, despojada de toda su vestimenta, se hallaba recostada con una bata quirúrgica, esperando por una intervención que no había meditado lo suficiente.
Tenía las manos sudorosas y una sonrisa inestable en su hermoso rostro.
—¿Te encuentras bien? —le