Emily
El dolor me atravesó como una lanza de fuego, arrancándome un grito que resonó en toda la habitación. Mis manos se aferraron a las sábanas con tanta fuerza que mis nudillos se tornaron blancos. Sentía que mi cuerpo se partía en dos.
"Respira, Emily, respira," la voz de Christopher sonaba cerca de mi oído, firme pero teñida de preocupación. "Estoy aquí, no me voy a ninguna parte."
El sudor me empapaba la frente y el cabello se me pegaba a la cara. Otra contracción llegó, más fuerte que la