Después de que se llevaran a Viviana, la mansión de los Morales permaneció en silencio.
Carlos se sentó junto al cuerpo de Mariana. Su teléfono sonaba sin parar, gente del consejo directivo, socios comerciales, reporteros, todos preguntando qué había pasado. Pero no contestó ninguna llamada.
—Señor —Carmen le recordó—, ya llegó la gente de la funeraria.
Carlos levantó la cabeza. —¡No! ¡No se la lleven!
Pero sabía que era imposible. Ella ya se había ido. Se había ido para siempre.
Abajo, los padr