Mirando su hipocresía, sentí náuseas. Aparté su mano bruscamente:
—No finjas preocuparte por mí.
Martina, débil, casi se cae pero Diego la sostuvo, preocupado:
—¿Por qué eres tan tonta, siempre pensando en los demás?
Mario, junto a Martina, me miró con desprecio:
—¡¿Ves, hermana Martina?! ¡Es una malagradecida! Te preocupaste por ella toda la noche, nos trajiste temprano a buscarla, ¡y ahora quiere maldecirte con la muerte!
Intenté explicar, resignada:
—La urna no es para ella...
Diego se rio co