La cena continuó con breves discursos, brindis y música suave.
Laís, radiante, intercambiaba miradas discretas con Carlos, y Amália observaba todo con el corazón dividido entre la alegría y la incertidumbre.
Cuando el cuarteto comenzó a tocar una melodía más ligera, Fernando se levantó y le tendió la mano a Natália.
—¿Me concedes este baile?
Ella dudó un segundo, luego sonrió con delicadeza.
—Por supuesto.
Se dirigieron al centro del jardín, donde se había habilitado un espacio a modo de pista