Fernando avanzaba por el campo embarrado, el caballo jadeando bajo el peso del barro. Su mirada barría cada palmo del terreno, el corazón latiéndole con violencia en el pecho.
— ¡Naaatááália! —gritó de nuevo, con la voz entrecortada.
El viento llevaba su nombre, pero el silencio que le respondía lo consumía. Los peones gritaban en otras direcciones, dispersos por el campo, pero él no conseguía oír nada más que su propia desesperación.
De repente, entre el ruido de la lluvia y el susurro de la h