Cuando Natália salió del confesionario, con los ojos aún enrojecidos por la emoción, se encontró con la señora Catarina esperándola junto a la puerta de la iglesia. La señora levantó la barbilla y la observó durante un instante, como quien evalúa la postura de alguien.
—Veo que has ido a confesarte —comentó, con voz firme, pero sin la frialdad habitual—. Es una buena actitud. Eso es lo que siempre he admirado en las mujeres de verdad: el valor para reconocer sus errores ante Dios.
Natalia se li