—Vale… —respondió Cristina, aún recelosa, pero como si recordara algo, su voz sonaba muy alegre—. ¡Ah! Cecilia y Pedro se casaron ayer. Están tan felices; por suerte, el cura consiguió acelerar el proceso. Es una pena que no puedas estar aquí. —Y, con una risa, añadió—. Cuando ese tal señor Fernando se entere… no querría estar cerca…
Natalia miró a Fernando, que la fulminaba con la mirada, con la mandíbula apretada, y se notaba que temblaba por dentro, intentando contenerse para no abalanzarse