Cuando terminó la llamada, bajó lentamente el móvil, sintiendo el peso de una trampa que ahora parecía aún más ineludible. Fernando retiró la mano de su hombro solo para levantarle la barbilla, obligándola a mirarlo a los ojos.
—¿Lo ves, cariño? Hasta yo sé engañar y tus padres confían en mí —susurró, con voz suave, pero con los ojos helados. —Ahora entiendes que no tienes adónde huir.
Natalia mantuvo el teléfono en las manos durante unos segundos, como si no pudiera soltarlo. Su corazón latía