La tarde ya empezaba a declinar y el sol comenzaba a teñir de dorado el vasto pastizal de la finca. El viento soplaba suave, haciendo que la hierba alta ondulara como un mar verde. El comisario Amaral observaba en silencio, con los ojos entrecerrados y el sombrero echado hacia atrás, mientras seguía el movimiento de los policías esparcidos por el campo.
—Cuidado ahí, registren cada palmo —gritó uno de los policías, agachado cerca de una valla de madera.
—Ya hemos pasado el detector por toda la