En la sala VIP del hospital, el aire parecía estar en calma.
El tictac del reloj marcaba el tiempo como si se burlara de la espera. Carlos estaba sentado, con las manos entrelazadas sobre la frente y los codos apoyados en las rodillas. Rezaba en silencio, en un susurro entre la fe y la desesperación.
«Por favor, Señor... no te lo lleves ahora».
La cirugía ya llevaba horas. Al otro lado, el equipo médico luchaba por la vida de Fernando.
Cuando por fin se abrió la puerta, el médico entró, exhaust