Los nudillos de Fiona se pusieron blancos mientras golpeaba la pantalla de su teléfono, marcando por décima vez. Cada tono sin respuesta iba acompañado de una oleada de pánico.
Cuando intentó llamar una vez más, del otro lado de la línea solo escuchó decir: —El número marcado actualmente está...
—¡Maldita perra! —Su grito rompió el silencio de la enfermería, dispersando a los visitantes cercanos como pájaros asustados.
Esa patética Emma, la rata que nunca se defendía, de alguna manera la había s