Fiona estaba tumbada en la cama de la enfermería, viendo una telenovela, cuando la puerta se abrió de golpe hacia dentro.
Al ver quien había llegado, la sangre se congeló en sus venas.
David, el hombre que la había abandonado al nacer, se quedó en el umbral de la puerta, con esa sonrisa desdeñosa que ella había intentado olvidar con tanto empeño.
—¿Qué quieres? —Su voz parecía destilar veneno, pero sus dedos se clavaron en las sábanas.
La risa de David era espeluznante.
—¿Sigues fingiendo ser la