—¿Todavía tienes el suficiente descaro de venir a pedirme perdón?
La cara de David, que ya estaba pálida, se volvió blanca, al punto que era difícil mirarlo. Quiso decir algo, pero su boca temblaba tanto que no pudo hablar.
Sí, él nunca pensó en hacerme daño, pero en varias ocasiones casi muero por su culpa.
Se rio con amargura. Su risa hizo que sus ojos se llenaran de lágrimas. Nunca antes, en toda su vida, se sintió tan culpable. No importaba cuántas razones tuviera, nunca debió haberme pu