Javier no podía creer lo que el ama de llaves le estaba diciendo. Jamás hubiera esperado que los niños lo llamaran. La sorpresa iluminó su torturada y oscura alma, llenándola de una luz inesperada. Sin poder evitarlo, Javier esbozó una gran sonrisa, clara señal de la emoción que lo embargaba.
—¿Daniela y Sebastián? —dijo, con la voz entrecortada por la emoción—. ¡Retírate, voy a tomar el llamado!
La mujer, sorprendida ante la reacción de Javier, abrió los ojos enormemente, sin comprender del todo la situación. Desconcertada, se dio la vuelta apresuradamente y salió de la estancia.
Mientras cerraba la puerta, la mujer murmuró para sí:
—¿Quiénes serían esos chicos? Jamás había visto al señor Javier tan contento y animado como en este momento.
El hombre levantó el tubo del teléfono sin dejar de sonreír. Su rostro reflejaba una mezcla de alegría y asombro, evidenciando el impacto emocional que le provocaba el momento.
—¿Hola? —dijo divertido—. ¿Con quién tengo el placer de hablar? —brome