Javier no podía creer lo que el ama de llaves le estaba diciendo. Jamás hubiera esperado que los niños lo llamaran. La sorpresa iluminó su torturada y oscura alma, llenándola de una luz inesperada. Sin poder evitarlo, Javier esbozó una gran sonrisa, clara señal de la emoción que lo embargaba.
—¿Daniela y Sebastián? —dijo, con la voz entrecortada por la emoción—. ¡Retírate, voy a tomar el llamado!
La mujer, sorprendida ante la reacción de Javier, abrió los ojos enormemente, sin comprender del to