Martín no se movió.
—Pegame si querés —le dijo con una serenidad que descolocaba—. Pero eso no va a cambiar los hechos.
—¡No tenés idea de lo que estás diciendo! —rugió Javier.
—Sí la tengo —replicó el abogado, dando un paso adelante—. Y tengo claro también que no te duele haberla perdido, te duele haber perdido el control. Sam no es un trofeo, Javier, no es una empresa ni un proyecto para manejar. Ella es una gran mujer.
El ingeniero apretó los dientes hasta que le crujieron las mandíbulas.
—¡