Gustavo dejó de poner resistencia y miró con atención a su sobrina. No estaba seguro de cuanto sabía Samantha, así que no le convenía irse de allí sin negociar con ella.
—Te escucho —se limitó a decir, con una calma que no sentía.
Samantha esbozó una sonrisa, Martín se sentó a su derecha, apoyó sus codos sobre la mesa y entrelazó sus manos, mirándolo fijamente.
—Primero Gustavo, vas a escucharme a mí —le dijo con firmeza—. Quiero que sepas que tengo documentado absolutamente todo lo que hiciste