Gustavo dejó de poner resistencia y miró con atención a su sobrina. No estaba seguro de cuanto sabía Samantha, así que no le convenía irse de allí sin negociar con ella.
—Te escucho —se limitó a decir, con una calma que no sentía.
Samantha esbozó una sonrisa, Martín se sentó a su derecha, apoyó sus codos sobre la mesa y entrelazó sus manos, mirándolo fijamente.
—Primero Gustavo, vas a escucharme a mí —le dijo con firmeza—. Quiero que sepas que tengo documentado absolutamente todo lo que hiciste para quedarte con las acciones de la empresa, hasta el más mínimo movimiento. No solo defraudaste a tu propia familia, sino también a los Álvarez Ortiz —le mostró la copia de un documento—. Malversaste fondos, diste información a la competencia. Orillaste a Javier a deshacerse de acciones para mantener a flote al holding y luego, las compraste vos mediante un testaferro. Sinceramente, fuiste muy astuto, pero demasiado ambicioso ¿no?
El hombre pálido como una hoja de papel, apretó los labios. La