Al llegar, el edificio parecía igual de imponente que siempre, pero algo había cambiado. O tal vez, la que había cambiado era ella.
La joven descendió del auto y caminó hacia la entrada con paso firme, sin dudar. Los empleados la saludaron con una mezcla de respeto y sorpresa. Nadie estaba acostumbrado a verla allí con esa energía que parecía que con cada paso podría derribar a cualquier rival.
Ya no era la heredera desaparecida ni era una mujer que estaba dispuesta a delegar decisiones incómodas.
—Avísenle al señor Gustavo que lo espero en la sala de juntas —ordenó a su secretaria—. Que no se tarde, lo quiero ver ahora.
La mujer asintió sin cuestionar nada.
Dentro de la sala, Samantha dejó el bolso sobre la mesa y apoyó ambas manos en la superficie pulida. Respiró hondo una sola vez. No para calmarse sino para prepararse, como una fiera que afila sus uñas un momento antes de salir a cazar.
Martín que había llegado un momento antes, la observaba con quietud y orgullo. Ella no estaba i