Me quedé sentada, inmóvil, con los dedos entrelazados en el regazo y la garganta hecha un nudo.
No sabía qué hacer.
No quería aceptar esa "tarea", no quería formar parte de su boda… pero en el fondo, muy en el fondo, sabía que no tenía opción. Una parte de mí, la que aún trataba de aferrarse a la cordura, gritaba que debía aceptar, que debía obedecer, que cualquier rebeldía solo traería más dolor… más peligro.
Y justo en ese momento, la puerta se abrió.
Lo sentí antes de verlo. Una ráfag