42) Amor condenado

Me levanté como un loco.

No podía soportarlo.

El dolor y la rabia me carcomían por dentro como un ácido, quemándome el alma, destrozándome el corazón. Sentía que el pecho me iba a estallar. No podía respirar. No podía pensar. Solo una idea me atravesaba la cabeza con una fuerza brutal:

Tenía que verla. Tenía que despedirme de ella. Tenía que pedirle perdón.

—¿Dónde está su tumba? —dije, con la voz rota, mirándola directo—. Por favor… dime dónde está. Necesito verla… necesito hablar con ella, ne
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