La tensión en la oficina era tan espesa que Louis ni siquiera se atrevía a moverse demasiado.
—No la soporto, Louis —soltó Marcos, con una voz que vibraba por la furia contenida—. No soporto sus juegos, no soporto que use ese perfume para provocarme y, sobre todo, no soporto que crea que puede entrar aquí a pisotear mi autoridad profesional.
—Ella sabía exactamente lo que hacía —continuó, señalando la puerta—. No vino por el bebé, ni vino porque me extrañara. Vino para recordarme que tiene un