La mañana avanzaba con una parsimonia engañosa sobre los jardines de la mansión Sterling. En el comedor de invierno, Alexander observaba a Kate. Ella no había tocado su desayuno; simplemente removía el contenido de su taza con una elegancia mecánica, perdida en sus propios pensamientos. El sol de la mañana resaltaba la palidez de su piel y la firmeza de su mandíbula, una señal de que la mujer que Alexander había empezado a moldear estaba tomando el control total.
—Esa mirada te sienta bien, K