La mañana siguiente a la boda no trajo la paz, sino una claridad cruda y cortante. Mientras el sol se filtraba por las altas ventanas de Londres, los hilos de la traición y la ambición comenzaban a tensarse de una forma nueva.
El amanecer en la residencia de Alexander Sterling siempre tenía un aire de orden absoluto. Sin embargo, para Kate, esa mañana el silencio se sentía distinto. Sentada frente al gran ventanal de la biblioteca, sostenía una taza de café humeante entre las manos, observando