La noche de la gala en el Museo Británico no era simplemente un evento; era un escenario salido de un sueño cuidadosamente orquestado, donde el tiempo parecía haberse detenido para rendir pleitesía al éxito. Sus imponentes galerías, cargadas con el peso de siglos de historia, servían de marco para los majestuosos Mármoles del Partenón, que bajo la iluminación dirigida parecían cobrar vida como testigos mudos de una nueva era de conquista. El museo se había transformado en el epicentro absoluto