Lia continuó sujetando la mano de Giorgio con una fuerza sorprendente. Era como si, después de todo lo ocurrido, aquel contacto fuera el único que le impedía volver a romperse. Ninguno de los dos habló durante varios segundos. Las palabras sobraban. Ambos estaban intentando aprender a respirar nuevamente después de que el destino acabara de arrebata