La noche cayó sobre la ciudad acompañada de una tormenta que parecía querer partir el cielo en dos. La lluvia golpeaba con fuerza los enormes ventanales de la mansión Bellamonte, mientras los relámpagos iluminaban por breves instantes toda la habitación y los truenos hacían vibrar los cristales.
Lia abrió los ojos de golpe, se incorporó sobre la cama y abrazó con fuerza sus piernas, intentando hacerse lo más pequeña posible. Su respiración comenzó a acelerarse mientras otro destello cruzaba el