Los días pasaron y los negocios marchaban a la perfección. Cada mañana, Lia desayunaba tranquilamente con Gio y, una vez terminaban, salían tomados de la mano rumbo a las oficinas de la organización. Sus hombres los veían pasar con absoluto respeto. Giorgio atendía los asuntos relacionados con los territorios y la seguridad de la organización, mientras Lia ocupaba su lugar como Donna, organizando reuniones, cerrando negocios y negociando nuevas alianzas.
Muchos de los socios que durante años ha