Lia cerró la puerta de su habitación dispuesta a cambiarse para terminar otra jornada de trabajo cuando algo llamó inmediatamente su atención. Sobre la enorme cama descansaba un vestido largo color rojo vino, su color favorito, confeccionado con una tela tan delicada que parecía deslizarse por sí sola.
El diseño abrazaba elegantemente la silueta femenina y un discreto tajo recorría uno de los costados de la falda hasta la mitad del muslo, aportándole un aire sofisticado sin perder la elegancia.