La mañana llegó y Lia despertó sola en la habitación. Con algo de dificultad se incorporó sobre la cama; la espalda todavía le dolía y el movimiento hizo que frunciera ligeramente el ceño. Miró a su alrededor buscando instintivamente a Giorgio, pero el lado de la cama estaba vacío. Extendió la mano sobre las sábanas y sintió que estaban completamente frías. Hacía bastante rato que él ya no estaba allí.
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
El aire pareció escaparse de sus pulmones. Todo el mie