Ese hombre adora a su esposa

Lia abrió los ojos lentamente. Lo primero que la golpeó fue el inconfundible aroma del desinfectante. Miró a su alrededor. Una aguja estaba conectada a su brazo, pasando el suero lentamente. En el sofá, Giorgio permanecía sentado con los ojos cerrados y el ceño fruncido. Estaba solo con la camisa, sin corbata y con el cabello ligeramente despeinado. El corazón de Lia dio un salto al verlo así. Sus rasgos se marcaban aún más varoniles y atractivos. Trató de incorporarse y, en ese mismo instante,
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