La mañana siguiente, Giorgio abrió los ojos lentamente. Lia seguía desnuda abrazada a él. Una de sus piernas descansaba sobre su cadera, enredada con la suya como si estuviera haciendo una sensual llave para impedir que escapara. Uno de sus brazos se aferraba a su abdomen y su cabello caía desordenado sobre su pecho. Él tenía una mano extendida sobre su espalda y el mentón apoyado sobre su coronilla. El calor de sus cuerpos, el aroma de ambos mezclado entre las sábanas, hizo que su corazón lati