No quería verlos más.
No quería respirar el mismo aire que ellos.
Así que di media vuelta y salí de la mazmorra sin mirar atrás.
Gael me siguió en silencio.
Cuando mis piernas ya no pudieron sostener el peso de tanto dolor,
me desplomé y solté un llanto seco, silencioso, de esos que queman por dentro.
Él dudó por un segundo.
Pero terminó rodeándome con sus brazos,
acariciándome la espalda con una ternura que desarmaba.
***
Cuando al fin pude calmarme, me di cuenta de lo íntima que era la escena.