Gael se detuvo un segundo mientras me acomodaba la manta.
Sus ojos, cálidos y pacientes, se clavaron en los míos.
—Pensé que ya te habías dado cuenta —dijo con una media sonrisa—.
Regina… tú no eres tonta.
¿Cómo no ibas a notar que me gustas?
Me quedé en blanco.
Claro que lo había sospechado.
Pero no… no pensé que se atreviera a decirlo tan directamente.
—¿Gustarte… yo? —balbuceé—. Soy una mujer divorciada, sin alma de loba.
Tú eres el Alfa de la manada Luna Negra. No somos iguales…
No lo dije e