Eloísa abrió la puerta de su apartamento con la misma mezcla de vergüenza y alivio que sintió cuando volvió a su cuerpo, todavía estaba procesando el hecho de que técnicamente había muerto, aunque sea por error administrativo y que ahora tenía que convivir una semana con el hijo de la Parca para evitar que su alma “caducara”.
—Bueno… este es mi hogar,—murmuró, encendiendo la luz.
Sebastián observó a su alrededor el apartamento era cálido, con muebles funcionales, lo único que desentonaba era el arbolito de navidad... diminuto, de unos treinta centímetros, ubicado sobre la barra de la cocina, tenía tres esferas, una guirnalda y una estrella torcida.
--- ¿Eso es tu decoración navideña?,--- pregunto Sebastián con cierta curiosidad en su rostro.
--- Es suficiente, la navidad y, yo no nos llevamos bien, mucho brillo, mucha gente diciendo feliz todo y sonando cascabeles me irrita-- Eloísa se encogió de hombros
--- Tú le caerías bien a mi padre, ¿la estrella inclinada?--- río Seb