Mundo ficciónIniciar sesiónCAPÍTULO 3
Me quedo descolocada por su franqueza, pero aún así me arrodillo junto a ella sin dudarlo. Durante los siguientes cinco minutos ambas estamos buscando el dichoso anillo entre las patas de los muebles. Finalmente, mis ojos captan un brillo metálico cerca de la esquina de la alfombra. —¡Aquí está! —digo extendiendo la mano para recogerlo. Es un diamante enorme rodeado de zafiros. Al entregárselo, noto algo que me hace fruncir el ceño: Susana tiene la marca del anillo en el dedo de forma muy marcada, como si nunca se lo quitara, lo cual hace extraño que se le hubiera caído así como así. Además, tiene el lápiz labial corrido en la comisura de la boca y el cabello peligrosamente desordenado en la nuca. Es obvio que lo de buscar el anillo es una excusa para ocultar lo que sea que hubiera estado haciendo antes de que yo llegara, pero decido callarme. No es mi problema y, sinceramente, Susana me cae bien. —¡Eres mi salvadora! —Susana se pone el anillo y se arregla el cabello frente a un pequeño espejo—. Bien, ahora respira hondo. Necesito explicarte un par de cosas antes de que entres a la "Cueva de la Leona". Me pongo de pie, limpiándome las manos en la falda. El término "Cueva de la Leona" no ayuda a calmar mis nervios. —Susana, me dijeron que el puesto que voy a ocupar es de recepcionista... —comienzo a decir. Ella hace una mueca y se acerca bajando la voz. —Sí, bueno... Eso fue lo que le dije a la amiga de tu madre para no asustarla. La verdad es que no necesitamos una recepcionista; necesitamos una secretaria personal para la dueña de Apex Ink. Alguien que pueda manejar su agenda, sus caprichos y, sobre todo, su temperamento. Mi corazón da un vuelco. —¿Secretaria personal? Pero yo... yo solo tengo experiencia como ayudante. No sé si estoy calificada para llevar la agenda de alguien tan importante. —Camila, mírame —Susana me pone las manos en los hombros—. Tienes algo que las últimas cinco secretarias no tenían: pareces alguien que sabe aguantar el tipo bajo presión. Las otras salieron llorando en menos de una semana. Amy es... especial. Es exigente, es fría y no tolera la mediocridad. Pero paga tres veces más que cualquier otro puesto y sé que seguramente necesitarás ese dinero. O tal vez no... Trago saliva. Tiene razón, el sueldo de secretaria personal en una editorial de este calibre puede solucionar todos mis problemas en meses. —Está bien —le digo tratando de armarme de valor—. Lo haré. —Esa es la actitud, ven conmigo. Ella está en su oficina. Salimos de la oficina de Susana y caminamos hacia la puerta más grande del piso, una estructura de madera oscura y pesada que contrasta con el cristal de las demás. Al acercarnos, notamos que está entreabierta. Susana hace silencio y nos detenemos justo antes de entrar. Desde el interior, una voz femenina llena el espacio. Es una voz que me resulta familiar al instante: grave, aterciopelada y con una cadencia que me eriza los vellos de los brazos. —...Te lo digo, es lo más extraño que me ha pasado en meses —dice la voz. Parece estar hablando con alguien—. Es una ninfa, Claire. En medio de ese vagón asqueroso lleno de gente corriente, ella brillaba. Tenía unos ojos color miel que parecían pedir a gritos que alguien la salvara... o que la destruyera. Me quedo petrificada. El aire se escapa de mis pulmones. ¿El metro? ¿Ojos miel? Al no escuchar una respuesta, eso me confirma que está hablando por teléfono. —No tienes por qué ponerte celosa —continúa la mujer con una risa seca y carente de humor—. Si la hubieras visto, tú también habrías deseado ponerle la mano encima. Tenía esa mezcla de inocencia y terror que tanto me gusta provocar. Pero no te preocupes, no volveré a verla. Fue solo un momento de distracción antes de volver a la realidad de la oficina... Por amor a Dios, las posibilidades de volverla a encontrar son muy escasas, casi inexistentes. Susana, ajena a mi estado de shock, sonríe de lado y decide interrumpir. Le da dos toques firmes a la madera y empuja la puerta. —Perdona que interrumpa la sesión de chismes, prima —dice Susana con un tono juguetón que me sorprende—. Pero tu nueva secretaria acaba de llegar. Y créeme, esta no se va a asustar tan fácilmente. Susana me hace un gesto con la mano para que entre. Mis pies se sienten como si pesaran una tonelada, pero me obligo a moverme. Cruzo el umbral de la oficina, una habitación inmensa con paredes cubiertas de libros y una mesa de cristal negro que parece un altar. Detrás de la mesa, sentada en un sillón de cuero alto, está ella. Ya no lleva la chaqueta de cuero ni los jeans ajustados. Ahora viste un traje de chaqueta gris humo que se ajusta a sus hombros con una precisión militar. Su cabello negro está recogido en un moño bajo perfecto, sin un solo pelo fuera de su lugar. Pero son esos ojos, esos ojos azules como el hielo del Ártico, los que me clavan en el sitio. El teléfono de su mano resbala lentamente hasta la mesa mientras su expresión de aburrimiento se transforma en algo mucho más oscuro y afilado. El silencio de la habitación se vuelve denso, casi sólido; puedo oír el tic-tac de un reloj de pared y el latido desbocado de mi propio corazón. —Camila —me llama Susana, rompiendo el hechizo—, te presento a Amy Murphy, dueña y directora de Apex Ink. Amy, ella es Camila Contreras. Amy Murphy no dice nada. La observo levantarse de su asiento con una elegancia depredadora, apoyando sus manos largas y firmes sobre la superficie de cristal negro. Sus ojos azules me recorren de arriba abajo, deteniéndose en mis labios tal como lo había hecho en el tren. Una pequeña sonrisa triunfante curva la comisura de su boca. —Vaya —susurra Amy, y su voz me golpea con la fuerza de un rayo—. Parece que el destino tiene un sentido del humor muy retorcido. Me siento arder; mis mejillas deben de estar del color de un tomate. La mujer que me había sostenido en el tren, la mujer que me había hecho dudar de todo lo que sé sobre mí misma en diez minutos, es ahora mi jefa. Y, a juzgar por la forma en que me mira, ella no tiene ninguna intención de olvidar lo que ha pasado entre nosotras. O tal vez yo estoy divagando demasiado, exagerando las cosas. —¿Ustedes ya se conocen? —pregunta Susana, mirando de una a otra con genuina confusión. Amy camina rodeando el escritorio, acercándose a mí hasta que puedo oler de nuevo su perfume de sándalo. Se detiene a escasos centímetros de mi rostro, obligándome a mirar hacia arriba para sostenerle la mirada. —Tuvimos un encuentro... accidental esta mañana —le responde Amy sin apartar los ojos de los míos—. ¿No es cierto, Camila? —Sí... señora Murphy —logro decir, aunque mi voz apenas es un hilo. —Señora Murphy —repite ella, saboreando las palabras como si fueran un manjar—. Me gusta cómo suena eso en tu boca. Susana, déjanos solas. Tengo que explicarle a mi nueva secretaria cuáles serán sus sus... obligaciones especiales. Susana nos mira con curiosidad, pero asiente y sale de la oficina de prisa, cerrando la puerta tras de sí con un clic que suena como el cierre de una celda. Me quedo a solas con ella, con la reina de Nueva York. Y por la forma en que Amy se inclina hacia mí, invadiendo mi espacio vital hasta que puedo sentir su aliento en mi oreja, algo dentro de mí me dice que es una mujer de armas tomar. —Bienvenida a Apex Ink, pequeña —susurra—. Espero que seas tan buena obedeciendo órdenes como lo eres tropezando en los brazos de extraños.






