Capítulo 24. Espinas de un Diamante Azul
El aire en el Ateneo se volvió denso, casi sólido, como si el oxígeno hubiera sido reemplazado por la estática de una tormenta inminente. Bajo el resplandor despiadado de los flashes, Eleanor Vance mantenía su máscara de porcelana intacta, una obra maestra de la contención emocional. Sin embargo, por dentro, sus vísceras se retorcían.
Se inclinó hacia Julian. Con una sonrisa que para los fotógrafos era de absoluta devoción, siseó con la voz impregnada de un veneno destilado en años de rencor:
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