Desde la altura de la cabina, el campo parecía un tablero de ajedrez en plena carnicería. Los hombres corrían, se chocaban, caían y se levantaban como piezas que se movían sin un plan claro. Había empezado a llover. La sinfonía de músculos y barro tenía, sin embargo, una discordancia evidente: el número 1 del seleccionado local era una nota desafinada en un concierto cada vez más violento.
Phillip no pestañeaba.
Tenía los codos apoyados en el borde del vidrio y la mirada clavada en el monitor c