El silencio que siguió fue casi insoportable. Sophia sintió que su corazón estaba a punto de romperse, o de escapar, no estaba segura. Finalmente, respiró profundamente y levantó la mano para rozar la mejilla de Thomas con sus dedos.
—No sé cómo seguir adelante con esto… —admitió en un susurro quebrado—. Pero tampoco sé cómo dejarte ir.
Thomas cerró los ojos, como si sus palabras fueran tanto una bendición como una maldición. Los cálidos dedos de Sophia eran brasas ardientes en su piel… Cuando