La luz del televisor parpadeaba en la sala como si fuera una chimenea moderna, lanzando reflejos cálidos que bailaban sobre las paredes y los rostros de quienes estaban en el sofá. El Padrino avanzaba con lentitud ceremoniosa, envolviendo todo con su atmósfera densa y elegante. Las cajas de pizza abiertas despedían aún un aroma persistente a queso derretido y albahaca. Dos latas de cerveza, una vacía y otra a medio terminar, servían como testigos de una velada que, en apariencia, transcurría si